
El manejo que las autoridades han dado al caso de Toño Leña – la nueva novela del país- pareciera buscar que la población en vez de confiar en sus acciones recele cada vez más y piense que algo ocultan.
No importan las explicaciones que den, mueve mucho a suspicacia que los jefes de la DNCD y Policía, Rolando Rosado Mateo y Rafael Guillermo Guzmán Fermín, fueran a Venezuela, donde el individuo fue apresado y repatriado. ¿Por qué viajar para traerlo “personalmente”. Bastaba con que las autoridades venezolanas –que fueron las que realmente hicieron el trabajo- lo pusieran en un avión con un dispositivo de seguridad y que todos “los altos mandos” del país que quisieran participaran en su recibimiento.
Otro punto que vierte duda sobre el asunto, o como se dice en buen dominicano, tiene “chivo” a muchos es el traslado inmediato del hombre a una dependencia de la Policía, donde supuestamente iba a ser interrogado y luego se dice que solo se tuvo una charla con él sin la presencia del Ministerio Público y que la misma no fue documentada.
Previo a ese acontecimiento, a su llegada al país, Leña dijo que no conocía a José Figueroa Agosto, otro de los más buscado del país y a quien es vinculado por las autoridades. Amén de despacharse con la joyita de que el “lío” en el que estaba era porque le había prestado un dinero a un político, que por supuesto no identificó.
Y para terminar de rematar el asunto, el temido y buscado Toño Leña solo se somete a la justicia por la reactivación de un expediente por el tráfico de unos escasos 10 kilos de cocaína. O sea, nada de grandes operaciones, nada de asesinatos múltiples, nada de llamadas clandestinas. Eso si, lo que no falta, como en todo suspense dominicana, es la doble identidad del inculpado.
Sandra Guzmán es periodista
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