En la mayoría de los casos, llegan a nuestras vidas en circunstancias no planeadas y poco a poco se roban nuestro afecto con la transparencia de sus sentimientos y las ocurrencias que emanan de corazones fieles y sinceros, dispuestos a amar en todo tiempo.
Son como aves mañaneras que entonan el cantar de la esperanza cuando nuestro mundo parece derrumbarse, la mano que nos sustenta al borde del resbaladero y la voz fuerte que nos convence de nuestras equivocaciones.
No es necesario llamarles en los aprietos porque son los primeros en llegar y los últimos en marcharse. Son amigos eternos.
Eilyn Segura, periodista
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