El viejo Juan Bautista apenas pudo reclinarse sobre la cama. Otra vez, igual que cada día durante las dos últimas décadas, habría de apuntar sus ya cansados ojos hacia la ventana que daba a la callejuela de atrás de la casa.
Su rito diario no era una invitación a la poesía, más bien, el sello imborrable de la eterna culpabilidad que lo castigaba inmisericorde; era el merecido pago por tan fea prevaricación.
Las horas volaron cual hilo lanzado al viento.
Cayó la noche. Las lágrimas se burlaban sobre sus gastadas mejillas, deseó retroceder la historia, y volvió a repetirlo: “¡Maldito día en que callé esa noticia!”.
Merkiseded Avelino, periodista
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