Tan pronto se comenzó a discutir la posibilidad de que se estableciera que los funcionarios electos en los comicios del próximo año agotaran un período de cuatro años, con el fin de unificar las elecciones presidenciales con las legislativas y municipales, surgió la advertencia de que la venidera sería una campaña movida, intensa, y en el peor de los casos, violenta.
Se trata, lamentablemente de una conclusión muy lógica, tomando en cuenta las experiencias anteriores.
Si son enconadas las disputas por cargos legislativos y municipales, tanto dentro de los partidos como en las competencias entre candidatos ya seleccionados, era de esperarse que el atractivo de los dos años adicionales aumentaría la ambición de los aspirantes, y con ello las posibilidades de enfrentamientos, prácticas clientelistas, compra de votos y otras “lindezas” que hablan de la imperfección de nuestra democracia.
Es lo que el juez electoral Eddy Olivares calificó como “la guerra de los seis años”.
Botón de muestra
Ayer se produjo un incidente en Montecristi, cuando un ex senador y aspirante a la misma posición hizo acusaciones públicas, en un programa de televisión, a una potencial adversaria, quien se apareció en el estudio donde se realizaba la entrevista con varios acompañantes en actitud agresiva.
En el lugar se produjo un tiroteo, que dejó un saldo de dos personas heridas.
Se trata de un enfrentamiento en el que la sangre sí llegó al río, protagonizado por dirigentes políticos que todavía no son ni siquiera precandidatos.
Lo que procede es que se vea esto como una especie de alerta para todos los que de alguna forma u otra participarán en la competencia cívica que está al doblar de la esquina.
La madurez y la sensatez deben estar por encima de las ambiciones por cargos que son pasajeros, aunque duren seis años…
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