Los que no vivimos la dictadura de Trujillo apenas podemos hacernos una somera idea de cómo fue aquello.
Podemos leer y escuchar testimonios de entonces, e intentar ponernos en los zapatos de los que estuvieron, además plantándole cara al tirano.
Muchos de estos celebran la democracia de ahora. Los que no vivimos la dictadura creemos que esta democracia puede y debe ser más auténtica.
No es suficiente una “democracia” en la que, si bien se permite decir cualquier cosa, prima el mal ejemplo de enriquecerse en los cargos públicos, no se potencia la educación pública y se mantienen a los pobres en la pobreza para allegárselos con limosnas “solidarias”.
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