Si no fuera por el ruido que hacen y porque los candidatos dicen tantas mentiras, las campañas no fueran tan malas: arreglan las calles, reducen o programan las horas de los apagones, realizan uno que otro operativo médico, dejan caer una que otra fundita en los barrios y, lo más importante, congelan los precios de los combustibles.
Pero, ¡qué pena! O ¿qué bueno?- ya falta poco para que se acabe esta cháchara.
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