Las autoridades, que han actuado con gran presteza para comenzar a esclarecer el asesinato a puñaladas del productor de televisión Micky Bretón, deben profundizar las investigaciones para que no queden cabos sueltos que susciten dudas.
Por ejemplo, de primera intención no parece verosímil la versión dada por el rapero que confesó el crimen, en cuanto a que una riña que habría precedido a las cuchilladas fue provocada únicamente por diferencias en cuanto a la realización de un acto sexual.
En ese sentido, surge de forma obligada el siguiente interrogante: ¿por qué el agresor llevaba un arma blanca y dispuesto a usarla de manera ofensiva y mortal si ambos fueron pacífica y voluntariamente a un lugar acordado con un fin determinado?
La forma en que fue muerto Bretón demuestra saña demencial, una violencia sanguinaria y demoníaca, por lo que bajo ninguna circunstancia puede explicarse como reacción frente a una pretendida exigencia en lo que culminó como una cita macabra.
El horrendo crimen ha estremecido a los amigos más entrañables de Micky, muchos de los cuales lo trataban y lo querían como si se tratara de un hermano de sangre.
Este sentimiento era extensivo a todos cuantos le conocían porque lo consideraban un “muchacho grande” por su temperamento siempre afable y simpático, además de un carácter solidario, amistoso e inofensivo.
Aquellos que apenas le conocieron a través de la televisión como productor de los episodios de su programa semanal “Relatos”, en que se representaban muchas aciagas estampas de los vicios y de la delincuencia que sacuden nuestras barriadas, probablemente no tuvieron la oportunidad de apreciar las condiciones humanas y personales que sus amigos valoraban y por las que hoy lloran su desaparición.
Compañeros con los que trabajó en diferentes ambientes y actividades y que lo vieron durante años siempre de buen talante, sin provocar ofensas o conflictos, no logran explicarse cómo pudo ser el blanco escogido para una salvaje descarga de violencia letal.
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