Una crónica de la periodista Esperanza Ceballos es reveladora del cuadro de violencia e inseguridad que aturde a los dominicanos. Ella escogió un segmento de la población que según se presume vive bajo un estado de protección más o menos especial: los miembros de la Cámara de Diputados.
Ceballos se tomó la tarea de consultar a 148 legisladores de los 183 miembros de la matrícula de la Cámara Baja, y les preguntó si habían sido víctimas de violencia delincuencial. Obtuvo un hallazgo que pocos se atreverían a reconocer: 66 de los 148 interrogados han sufrido una de las tantas variables de ataques que padecen los ciudadanos comunes: robos o atracos, incluso, con armas de fuego.
Nada puede ser más revelador que este cuadro tan singular. Los legisladores narran sus vivencias, algunas cargadas de mucha emoción. Si eso ocurre a ciudadanos que gozan de un fuero especial como el de los legisladores, cuál será la realidad de los infelices que viven en barrios inseguros, donde los colmaderos tienen que pagar a los delincuentes para que les garanticen “seguridad”.
La Nación tiene que reaccionar frente a una realidad tan desgarradora como la que se está viviendo. Gritos de la ciudadanía, exhortaciones de las autoridades, al más alto nivel. Ya se ha tomado en serio la tan sugerida propuesta de modificar la legislación vigente que norma el castigo a la criminalidad.
Pero parece que más allá de las mismas leyes, el problema mayor es la propia sociedad. Lo enfermo que está el cuerpo social de la Nación. Llama la atención cómo influyentes legisladores se quejan amargamente de que sus denuncias ante los órganos represivos no siempre tuvieron el resultado esperado.
Y en el caso en que hubo consecuencia, como el de los atracadores que el presidente de la Cámara, Abel Martínez, ayudó a atrapar, entonces la justicia no funcionó. Se encargó de frustrar la acción reparadora de la Policía y el legislador. Es increíble, hasta los legisladores están a merced de la violencia.
Los legisladores tienen motivos y conocimiento para trabajar seriamente en reformas legales que ayuden a prevenir y castigar el crimen. Pero mientras tanto, la desesperanza cunde por doquier.
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