La palabra más llamativa que hemos encontrado los medios de comunicación de estos tiempos para referirnos a los damnificados de la naturaleza o de los desastres de otro género es “desplazados”.
Pero ¿qué son los desplazados? Son las mismas personas que en más de un 90 por ciento viven en condiciones muy precarias, en áreas vulnerables, proclives a sufrir los efectos de cualquier fenómeno natural, siempre en forma dramática.
Podría decirse que esos pobladores han existido siempre, o que siempre tendremos a esas personas condenadas a sobrevivir en lugares frágiles, como si ello no tuviera remedio.
Estamos ante una situación muy complicada, con muchas implicaciones. Analizarlas ahora en que los valores humanos han caído en pleno fango, es como perder el tiempo. Pero la realidad es que los procesos de exclusión social cada vez más crecientes empujan a miles de personas a las zonas donde habitar es cada vez más difícil.
Como las mejorías sociales no llegan parejas, los excluidos tienden a ubicarse donde les pueda tocar algo de los beneficios del progreso, sea de las acciones que provienen del sector público o de la iniciativa privada.
Pero la cuestión es que tenemos zonas vulnerables en todas partes. Unas más críticas que otras, a consecuencia de la destrucción de recursos como el bosque, la degradación de acuíferos y lugares muy frágiles por la característica de sus suelos.
¿Cómo remediar este problema? Es una interrogante que no tiene una respuesta simple. Pero podría decirse que requiere políticas públicas decididamente firmes. Políticas públicas más que estudios o recomendaciones, porque todas estas realidades están diagnosticadas. Falta voluntad y recursos para ser invertidos en la dirección adecuada.
Mientras tanto, qué hacer con los “desplazados”, que preferimos llamar damnificados. Simplemente, asistirlos con mucho sentido de humanidad, a través de las agencias que el Estado tiene para estos propósitos.
Y que ese mismo Estado se prepare para situaciones peores que las vividas ahora con los remanentes del huracán Irene, que por fortuna, sólo nos golpeó con la cola.
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