Al igual que algunas enfermedades como el cólera, que reapareció en el país luego de décadas de su erradicación, la intolerancia e incomprensión acerca del libre ejercicio periodístico es un mal que resurge de tiempo en tiempo.
Este es un virus que ataca principalmente a las autoridades cuando son incapaces de eliminar o cuando menos atenuar las acciones del crimen y el delito, lo que lleva equivocadamente a culpar a la prensa de los desvaríos que afectan a la sociedad.
Sólo una absurda y cazurra idea puede haber llevado a los participantes en el seminario internacional “Visión estratégica de la seguridad pública”, a dictaminar que los medios de comunicación del país no contribuyen a que se configure una cultura de paz y de no violencia.
Según esa peregrina teoría, los hechos de violencia que producen muertes y desasosiego en la población y que, consecuentemente trastornan la paz ciudadana, no tendrían la connotación nefasta que entrañan en sí mismo si fueran minimizados o ignorados por los medios.
La prensa puede ser objeto de crítica válida si incurre en distorsiones o en sobredimensionar los acontecimientos violentos, más allá de sus características objetivas, pero en ningún caso por reflejar la realidad y el impacto que ésta tiene en la sociedad.
¿O es acaso que para adscribirse e impulsar a esa discutible “cultura de paz” se impone una política de autocensura que permita, selectivamente y para satisfacer ciertos requerimientos oficiales, presentar un cuadro irreal o falsificado de los hechos, faltando al irrenunciable compromiso de buscar y reflejar la verdad?
Son los asaltos, los atracos, los asesinatos, los ajustes de cuentas, los feminicidios, los secuestros y las acciones del narcotráfico y del crimen organizado los que contribuyen a la percepción de temor en la población, y no lo que publican los medios.
Ojalá que la idea de culpar a la prensa no derive luego en un “contagio restrictivo”, azuzado por tendencias foráneas.
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