A dos meses de su nuevo ensayo democrático con el presidente Michel Martelly, que ha demostrado tener buenos proyectos en mente, Haití sigue atravesando por una situación difícil e incierta porque no acaba de llegar la esperada ayuda de los países amigos.
Es cierto que Martelly ha confrontado inconvenientes para la selección de un primer ministro y que esto entorpece en cierta medida la dinamización de la gestión pública. Pero esto no justifica el incumplimiento de las promesas de respaldo económico que en su momento fueron tan publicitadas.
La comunidad internacional, que a lo largo de décadas ha tenido a Haití como un tema permanente en su agenda política y de pretendida sensibilidad social, ha dejado a su suerte a esa empobrecida nación en uno de los momentos más críticos en que necesita ayuda en gran escala.
La falta de fondos ha impedido emprender un masivo programa de viviendas para alojar a las miles de familias damnificadas que perdieron sus casas durante el devastador terremoto del 12 de enero de 2010.
La situación de indefensión y penurias se ha visto agravada con el resurgimiento de brotes de cólera, enfermedad que ha causado ya miles de muertos y cuya erradicación tardará largos años, según ha pronosticado la Oficina Panamericana de la Salud (OPS).
El panorama de desgracia no podría ser mayor, mientras la ayuda internacional se limita prácticamente a alimentos y no fluyen, en la medida que se anunció a raíz del terremoto.
A pesar de sus dificultades económicas, que se manifiestan en diferentes áreas vitales, la República Dominicana ha sido, en la medida de sus posibilidades, el país más consecuente y solidario con la hermana república.
Haití necesita ayuda efectiva para mitigar la desesperación de su gente y no limitada a pronunciamientos de la comunidad internacional que han resultado un gran fiasco con respecto a lo prometido al país más pobre del hemisferio.
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