La frecuencia con que se registran los casos de mujeres que son asesinadas por compañeros sentimentales y ex maridos ha tomado una dimensión que preocupa no sólo a entidades feministas, sino a diferentes sectores sensibles de la sociedad dominicana.
Esta sangrienta tendencia se contempla con gran estupor porque en muchos casos los crímenes son perpetrados en circunstancias y características horrendas, con víctimas degolladas o mutiladas que previamente sufrieron un inenarrable historial de abusos físicos y sicológicos.
En medio del dolor que causan a los familiares, principalmente a niños y adolescentes que quedan en la orfandad, también existe un sentimiento generalizado de impotencia, porque no parecen identificarse mecanismos efectivos para detener esta ola de feminicidios.
Muchos de estos espeluznantes episodios de horror son cometidos en presencia de menores de edad que quedan traumatizados y requieren terapia especializada para poder superar los efectos del trastornador impacto de ver morir a sus progenitoras en condiciones tan aciagas.
Este drama de violencia machista registra aumentos alarmantes y no solo ya en países del llamado tercer mundo, sino también en naciones desarrolladas.
Un trabajo publicado por el periódico El País precisa que solo un 14 por ciento de los casos abiertos por violación acaban en condena y que en medio mundo no se castigan las agresiones domésticas ni los abusos en el matrimonio.
Un informe de las Naciones Unidas citado por el diario revela que 603 millones de mujeres carecen de protección legal frente a la violencia doméstica, y que en algunos países el 60 por ciento de las féminas han sufrido agresiones.
A pesar de que 139 de los 192 miembros de la ONU reconocen la igualdad de género, muchas mujeres sufren aun injusticias, violencia y desigualdades en el hogar y en el ámbito laboral.
Se trata de una afrenta que cuestiona la equidad y el avance social en una sociedad global incapaz de combatir la violencia sexista.
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