a vida y la trayectoria del ex presidente brasileño Itamar Franco en la esfera pública constituye uno de los excepcionales y, por lo tanto, muy meritorios capítulos en la historia de los políticos latinoamericanos que han gobernado con absoluta transparencia y honestidad personal.
Con razón y en un acto de justicia y de reconocimiento a un estadista de recto desempeño, la presidenta Dilma Rousseff dijo que Franco gobernó a Brasil en un momento crucial, con un historial ejemplar de honradez pública.
Franco, quien falleció a la edad de 81 años, tuvo entre sus muchos logros, el haber sentado en solo dos años de gobierno las bases de la estabilidad financiera y del desarrollo económico e industrial que hoy disfruta la gran nación sudamericana.
En 1992, cuando tenía 62 años, y a raíz de la dimisión del entonces presidente Fernando Collor de Mello, implicado en un escándalo de corrupción, asumió el reto de rescatar la credibilidad del gobierno brasileño y sacar a su país del descalabro en que lo había sumido la dictadura militar, entre 1964 y 1985.
Fue siempre respetado, incluso por quienes discrepaban de sus opiniones, porque reconocían en él al hombre que se puso por encima de sus intereses políticos y personales para producir una alianza de partidos que permitió respaldar un programa de estabilidad económica a largo plazo, sin el cual Brasil no hubiera podido superar sus problemas y disfrutar del empuje económico que hoy tiene en el hemisferio.
Su actuación es un ejemplo y una gran lección para partidos y dirigentes latinoamericanos que cuando llegan al poder se manejan con un sentido unipersonal y con torpes políticas aislacionistas que no logran aunar voluntades en torno a un proyecto de nación o de unidad nacional.
Otro gran legado, no solo para los brasileños, sino para todo el continente, fue su enseñanza de cómo se puede lograr, con una política dialogante, combatir la pobreza y contribuir a la construcción de un país más justo y democrático.
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