Las naciones donde de verdad se presta la debida atención a su historia primigenia y a todo lo relacionado a su antropología, los elementos con ese valor reciben un cuidado especial para su preservación como fuente invaluable de cultura.
En ese tenor, los objetos y piezas que se conservan en museos son cuidados con esmero y no sólo para que puedan ser contemplados con curiosidad por ocasionales visitantes, sino como ilustración del devenir y desarrollo de civilizaciones y grupos étnicos.
La importancia de estos hallazgos, que incluyen también antiguas edificaciones, son en ocasiones de tal significación que trascienden el ámbito nacional para convertirse en patrimonio cultural de la humanidad.
Por todas esas razones resulta inexplicable que se encuentre, en un estado de total abandono, el cementerio taíno de La Vega Vieja, calificado por arqueólogos como único en el continente americano.
A pesar de que al ser descubierto en 1980 despertó un gran interés en la comunidad científica internacional, las malezas que crecen en su entorno y el deterioro de los enterramientos amenazan con borrar valiosos vestigios que datan de 500 años de historia.
Las osamentas fragmentadas y dispersas de taínos están virtualmente a la intemperie, ya que son cubiertas precariamente por viejas hojas de zinc sometidas a los vaivenes del viento y la lluvia.
El cementerio, ubicado en los terrenos del otrora convento de San Francisco en los tiempos de la colonización, fue declarado Parque Nacional Histórico por decreto del ex presidente Joaquín Balaguer.
A raíz de esa revalorización histórica, el cementerio taíno gozaba de gran cuidado y era visitado con frecuencia por estudiantes e investigadores, atención que decayó luego, en medio de un progresivo abandono.
Se impone, pues, una urgente labor de rescate para impedir que desaparezca este valioso patrimonio taíno y con él piezas que se remontan a la época de nuestros aborígenes.
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