Los peruanos dieron una demostración de civismo y de apoyo al sistema democrático con unas elecciones libres en que resultó electo el candidato presidencial nacionalista Ollanta Humala.
A diferencia de los sobresaltos, la tardanza en los cómputos y las alegres declaraciones de fraude que aún caracterizan algunos procesos electorales en el continente, a pocas horas de las votaciones los peruanos conocían ya al ganador indiscutible de los comicios.
A pesar del estrecho margen con que Humala triunfó frente a la candidata populista Keiko Fujimori, con poco más del 50 por ciento de los votos emitidos, los resultados fueron aceptados rápidamente sin reticencias ni pataleos, con lo que se fortalece la institucionalidad democrática en la nación andina.
La verdadera madurez en la democracia se mide, entre otros factores, por la fortaleza y respetabilidad del sistema electoral y la capacidad de los partidos y la clase dirigente de acudir a los comicios a ganar o perder, con reglas claras y sin recurrir a medios fraudulentos.
Como ha ocurrido en Perú, la expresión del sufragio popular debe ser siempre la determinante y soberana para elegir a los gobernantes, que a su vez tienen el compromiso de satisfacer las aspiraciones de los electores en cuanto a mejorías económicas y equidad social.
A pesar de su proclama de un gobierno de unidad, Humala tendrá que atender, con carácter prioritario, las expectativas de los empobrecidos habitantes de la selva y de la zona andina, donde obtuvo una amplia votación.
Otro aspecto al que Humala deberá prestar especial atención es ganar la confianza de sectores que temen un descalabro económico y que recibieron ya una primera señal negativa con el desplome de la Bolsa de Lima en más de un 12 por ciento.
Pero su principal desafío será contribuir a la solución de 230 conflictos sociales activos o latentes en la sociedad peruana.
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