Mientras el morbo mediático alimenta y da seguimiento al caso del director del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, por el presunto delito de abuso sexual contra una mucama africana en Nueva York, en el escenario político y diplomático se libra una intensa batalla por el control del poderoso organismo financiero.
Preso en la cárcel de máxima seguridad de Rikers Island, donde ocupa una celda de 3 por 4 metros, luego de haber estado en una lujosa suite y arruinado en su carrera por la presidencia de Francia, Strauss contempla cómo su cargo está a merced de los intereses de los países miembros del FMI, antes de que se produzca una definición de su situación judicial.
En Estados Unidos, el mayor accionista del FMI, declaraciones de Timothy Geithner, secretario del Tesoro, y de algunos políticos han sido interpretadas como un cuestionamiento a la posibilidad de que Strauss-Kahn pueda permanecer al frente de la institución encargada de gestionar la economía mundial.
Empeñada en mantener su histórica influencia en el FMI, la Comisión Europea ha comenzado a hablar de la eventual presentación de un candidato para suceder a Strauss-Kahn, mientras China, Brasil y Sudáfrica objetan la pretensión de las naciones del viejo continente de mantener su hegemonía en el organismo.
El rápido apresto de los europeos, que son los mayores deudores del FMI, se explica también por el crucial papel que la entidad juega en medio de las complicadas dificultades financieras que se registran en la zona euro, principalmente en Grecia y Portugal.
Todo esto es parte de un entramado en la lucha por el poder del Fondo Monetario Internacional, mientras la atención mediática se concentra en el proceso que deberá establecer si Strauss-Kahn es en realidad un villano en el drama por el que atraviesa, o la víctima de una conspiración, la teoría que enarbolan los socialistas de Francia, pero que es desestimada por la mayoría de los medios franceses.
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