Los ajustes de cuenta como resultado de los llamados “tumbes” y rebatiñas entre narcotraficantes internacionales y sus asociados locales están adquiriendo en el país cada vez los horripilantes perfiles de naciones donde esas luchas son dominadas por la barbarie más absoluta.
Quien lo dude y piense que estas expresiones son exageradas solo tiene que ver el caso de un raso policial que fue descuartizado y su cabeza llevada a unos narcos colombianos a los que habría incumplido con el pago de 20 millones de pesos por una droga lanzada desde el aire en La Victoria, en enero pasado.
El apresamiento de un ex capitán de la Policía y de un ex teniente de la Fuerza Aérea, uno de los cuales tenía nueve meses prófugo, tiempo que aprovechó para viajar ilegalmente a Puerto Rico, permitirá ahora esclarecer ese horrendo hecho, que no debe quedar impune.
La detención, realizada por la Policía en Higüey, muestra, sin embargo, la firmeza con que la actual jefatura ha asumido el combate al narcotráfico, para lo cual ha tenido que librar una lucha a lo interno de la institución para detectar y erradicar connivencias y vínculos mafiosos.
A diferencia de lo que ocurría en el pasado en ese y otros organismos, donde se actuaba a veces con marcada dejadez o encubrimiento cómplice, las investigaciones no se detienen, aun cuando encuentren nexos con agentes u oficiales, activos o en retiro.
La forma activa en que trabaja la unidad antinarcóticos de la Policía ha sido clave en esta nueva etapa de estrecha colaboración con la Dirección Nacional de Control de Drogas (DNCD).
Aun así, las autoridades no pueden bajar la guardia y solazarse con los triunfos obtenidos, ni tampoco molestarse por críticas, porque lo cierto es que los narcos cuentan con muchos recursos para sobornar y armas para matar a quienes no colaboran u obstaculizan sus pasos.
Es innegable, además, que los “puntos de drogas” son en los barrios humildes como la yerba de “moriviví”, que se cierra cuando la aplastan, pero que conserva fuerza para volver a resurgir.
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