Michel Martelly, que de cantante popular asciende hoy a estadista al tomar posesión como presidente de Haití, afronta el gran reto de llenar las expectativas que ha generado con su promesa de producir un cambio radical en la forma tradicional de gobernar y de hacer política en Haití.
Algunos analistas ven con escepticismo que pueda lograr con éxito esta difícil meta, dada su inexperiencia política y su trayectoria más conocida como artista, aunque sus conocimientos comprenden también estudios de ingeniería y formación militar.
Sin embargo, fue precisamente la faceta que más se le criticó para tratar de descalificarlo, su carrera en la música, la que le sirvió de plataforma para llegar a las masas haitianas y alcanzar el triunfo en la segunda vuelta electoral en que venció a la ex primera dama Mirlande Manigat.
La mayor prioridad en el inicio de su mandato, que puede ser a la vez un elemento preponderante entre sus muchos desafíos, es coordinar junto a otros sectores de la sociedad haitiana un programa efectivo de reconstrucción en una nación que aún luce devastada por los efectos del terremoto del 12 de enero de 2010.
Para esto requerirá del concurso de la comunidad internacional, que hasta ahora ha sido un tanto reticente en la entrega de los fondos prometidos para que Haití pueda restablecer su colapsada infraestructura productiva y proveer de viviendas a miles de familias que viven prácticamente a la intemperie en endebles tiendas de campaña.
En cuanto a política doméstica, Martelly tendrá que actuar con mucha inteligencia y cautela para evitar que sus iniciativas puedan ser obstruidas por el partido Inite, del saliente presidente René Préval, que continuará como principal fuerza en el Congreso, donde dispone de 52 de los 99 diputados y 17 de los 30 senadores.
Para el pueblo y el gobierno de la República Dominicana, la estabilidad del nuevo gobierno haitiano y el alcance de su gestión reviste gran importancia para el futuro de las relaciones con la hermana nación.
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