Los ruidos estridentes, que son una infernal forma de contaminación ambiental, tienen que ser controlados definitivamente en las ciudades, donde se han convertido en un elemento trastornador para la vida cotidiana de los ciudadanos.
Ensordecedores por sus elevados grados de decibeles y provenientes en su mayoría de bares y los llamados colmadones, se producen a todas horas del día, pero en las noches es cuando causan mayor intranquilidad en los hogares.
En muchas zonas de Santo Domingo y otras poblaciones del interior del país, ciudadanos se ven imposibilitados de conciliar un sueño reparador, luego de una extenuante jornada de trabajo, debido a equipos de sonido que son verdaderas amenazas al legítimo y necesario sosiego hogareño.
A pesar de que existen resoluciones y normativas para controlar los ruidos, en la práctica los negocios donde se generan actúan como chivos sin ley, ya que logran operar al poco tiempo cuando suelen ser esporádicamente cerrados.
Por esos antecedentes, la ciudadanía desconfía bastante de la efectividad de los denominados operativos que de tiempo en tiempo realizan las autoridades, como parte de una campaña antirruido que no es integral ni sostenida.
Aun en medio de este justificado descreimiento, hay que saludar el cierre de once negocios de la avenida Venezuela, en Santo Domingo Este, tras comprobarse que causaban daños al medio ambiente y la salud al ocupar aceras, no dejar dormir a los vecinos y provocar otras molestias a los transeúntes.
Aunque las autoridades sostienen que el cierre tiene carácter indefinido, hasta tanto se apliquen soluciones definitivas, lo aconsejable es mantener una permanente vigilancia en ese y otros sectores de la ciudad donde la gente está al grito por los continuos ruidos.
Además de clausuras temporales, tienen que aplicarse drásticas sanciones a los infractores para que no vuelvan a incurrir en atentados a la tranquilidad ciudadana.
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