El Premio Internacional Libertad de Prensa, concedido a los periódicos The New York Times, El País, The Guardian, Le Monde, y al semanario alemán Der Spiegel, es un reconocimiento al reto que asumieron al difundir documentos sobre una de las filtraciones más comprometedoras acerca de la política exterior de Estados Unidos.
En su momento se trató de una decisión difícil que obligó a cavilar serenamente para luego vencer pruritos y hasta consideraciones éticas tradicionales sobre la verificación periodística y los efectos negativos que podría generar en las relaciones políticas internacionales.
La repercusión que tuvo en diferentes medios a nivel mundial demostró que valió la pena, al ayudar a clarificar y proveer un mejor contexto de comprensión histórica en episodios registrados durante décadas en los nexos estadounidenses con diferentes naciones, principalmente de América y Europa.
Pero quizás lo más importante, por sentar un precedente que trascendió a las publicaciones y que probablemente perdurará en los anales del periodismo, es que demostró que “no es la información y el desconocimiento lo que desestabiliza a una sociedad, sino las malas políticas de los malos políticos”.
Con esta frase, expresada por el director adjunto de El País, Vicente Jiménez, al recibir la premiación en el Rectorado de la Universidad de Málaga, el ejecutivo periodístico aludió a las críticas y advertencias de que la divulgación podría causar serios trastornos sociales, económicos y políticos.
Con frecuencia, partidos, dirigentes políticos y en general sectores y personas que resienten el ejercicio amplio, plural e independiente de la prensa cuando da a conocer malas prácticas y actuaciones deshonestas, tienden a culpar a los medios de crear problemas con el periodismo crítico o de investigación.
En realidad, con esta actitud lo que se trata es de encubrir despropósitos, irregularidades y desafueros que afectan a la sociedad en su conjunto y de apartar a la prensa de su compromiso con la verdad y los mejores intereses.
El catedrático español Bernardo Díaz Nosty ha aludido certeramente a esta vital función diciendo que “sin periodismo hay menos democracia y más corrupción”.
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