La violencia que conturba y lleva una trastornadora señal de impotencia e inseguridad en la población ha comenzado a manifestarse también en las escuelas, recintos donde deben prevalecer, ante todo, el orden, el respeto y la disciplina.
El reciente decomiso de decenas de armas blancas en el Liceo Francisco Bautista, en Bonao, puso al descubierto el nivel de potencial agresividad que afecta a estudiantes de la zona.
Una operación de búsqueda sorpresiva realizada por policías en las aulas del plantel dejó perplejos a los agentes y al personal docente cuando en los bultos y mochilas de los alumnos comenzaron a ser encontrados puñales, cuchillos y otros objetos cortantes.
Este hallazgo vino a demostrar la degradación moral y falta de orientación y control que ha inclinado a estos jovencitos hacia la violencia, en lugar de concentrarse en los estudios y el buen desempeño escolar.
Se trata de un mal que desde hace algún tiempo se manifiesta en varias escuelas de Bonao, donde se han registrado frecuentes trifulcas entre pandillas, con un saldo de escolares heridos.
Ante esta grave situación es necesario preguntar: ¿qué ha provocado que padres de familia hayan perdido la supervisión y autoridad sobre sus hijos, al punto de que éstos acuden a clases armados de cuchillos?
¿Qué está pasando en algunos centros educativos, donde ya la figura del maestro no puede, como antes, ejercer con rigor y en forma plena, la debida autoridad para inspirar orden y prevenir estos desmanes?
¿Es esto, acaso, un reflejo de la crisis que abate a ciertos estratos de la familia dominicana, como la más importante célula de la sociedad, según han analizado sicólogos, sociólogos y estudiosos de la problemática social en sus diferentes vertientes?
Las autoridades educativas están compelidas a prestar atención a este tema, ya que la violencia escolar no se limita solo a las escuelas públicas, como quedó demostrado recientemente cuando un estudiante de 17 años trató de agredir a un compañero en un colegio de San Cristóbal.
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