Hay proyectos municipales de admirable inspiración filosófica que por dejadez o mala ejecución fracasan en los propósitos de unidad y provecho colectivo que estaban supuestos a cumplir.
Es como si por efecto del particularismo o de una especie de rasgo atávico, fuéramos incapaces de alcanzar planes mancomunados, a pesar de suscribir pactos y hacer compromisos formales.
Un penoso ejemplo lo tenemos en la suerte que ha corrido en la práctica la Mancomunidad del Gran Santo Domingo, una entidad que agrupa a los cabildos del Distrito Nacional, de los municipios de la provincia Santo Domingo y los de San Cristóbal, Haina y Nigua.
Cuando fue estructurada, hubo celebraciones y surgieron grandes expectativas, en vista de que en teoría esta asociación permitiría establecer objetivos comunes para promover el desarrollo de las comunidades.
Con oficinas en el Palacio Consistorial de la Zona Colonial, pero sin escritorios e incumbentes y la ausencia de un bien articulado programa de acción, la llamada Mancomunidad es una organización que no termina de arrancar.
La creación de un plan común se discute desde mediados del año 2008 y fue ayer cuando se logró realizar el primer encuentro para desarrollar la idea que involucraría a once demarcaciones. Sin embargo, el proceso no comenzó de la mejor manera, porque de los 11 alcaldes que debieron estar presentes, sólo dos asistieron.
Es una lástima que hasta ahora no se hayan podido concretizar planes conjuntos que beneficien a los munícipes y que solo se avanzaran jornadas educativas y en cursos de capacitación para personal de los cabildos.
Son muchos los programas que el trabajo conjunto puede impulsar. Por ejemplo, un uso más óptimo e inteligente de los recursos, un manejo más eficiente de los residuos sólidos y una mejor estructuración de los diferentes ámbitos territoriales en los municipios. Es hora, pues, de superar la inercia y de alcanzar, con una auténtica voluntad de trabajo en unidad, los altos fines de la Mancomunidad del Gran Santo Domingo.
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