La frecuencia con que se registran temblores en la República Dominicana es una señal de actividad en las fallas geológicas que inciden en la isla, y debería servir de alerta para tomar previsiones.
Muchos de esos movimientos telúricos son de baja intensidad y virtualmente imperceptibles, pero otros estremecen edificaciones y causan inquietud, como el de magnitud 5.3 que tuvo ayer su epicentro en el canal de la Mona.
Pero lo importante es que la preocupación no sea tan solo episódica, sino que se traduzca en acciones que, articuladas en un verdadero programa de prevención antisísmica, sirvan de estrategia para salvar vidas y socorrer a las víctimas de un terremoto.
Inicialmente se podría comenzar con planes educativos y simulacros de evacuación, como está establecido con regularidad en países que están expuestos a amenazas telúricas.
Esto contribuiría a crear conciencia sobre la gravedad de estos fenómenos, a conocer con mayor precisión nuestras realidades sísmicas, y a contar con un mínimo de preparación para actuar de la forma más adecuada ante cualquier ocurrencia.
Otro aspecto vital es que los cuerpos castrenses, principalmente el Ejército, cuenten con brigadas especializadas para entrar en acción ante un terremoto y que se realicen ejercicios de entrenamiento junto a unidades de la Defensa Civil.
Además de las labores de preparación, hay que disponer de equipos e instrumentos para que las labores de asistencia en caso de un desastre puedan ser ejecutadas de forma rápida y efectiva.
Tan importante como eso es que se pueda establecer una red de vigilancia sísmica en los litorales marinos, como la que cuenta Puerto Rico, isla con la que compartimos el peligro de los movimientos y la liberación de energía en la fosa de Milwaukee.
Estas son algunas ideas que pueden ser ampliadas y enriquecidas con propuestas de personas e instituciones entendidas en esta materia, para que un desastre sísmico no nos encuentre totalmente desprevenidos.
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