Por la frecuencia coditiana con que se produce la violencia delictiva y criminal genera un preocupante trastorno social, independientemente de las muertes y lesiones de las víctimas y del dolor y la frustración de sus familiares: una tendencia cada vez más marcada en el ciudadano común a aceptar con pasividad o normalidad este fenómeno y, en consecuencia, a perder gradualmente la capacidad de asombro e indignación. La gente muestra temor e impotencia frente a la violencia, pero se requiere mayor conciencia de combate global a este flagelo.
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