La convocatoria a la segunda vuelta de las elecciones generales de Haití para el 20 de marzo próximo, constituye en principio un signo alentador hacia una posible salida a la crisis institucional que sufre la hermana nación desde los accidentados comicios de noviembre de 2010.
Sin embargo, está por verse si con ese solo anuncio el Consejo Electoral Provisional logrará apaciguar los ánimos caldeados de los grupos que aún abogan por la anulación de las elecciones, luego de que ese organismo fijara para el 2 de febrero la publicación de los resultados definitivos de la primera ronda.
Todo esto plantea nuevos retos para el presidente René Préval, que además de los conflictos estrictamente domésticos, es sometido a presiones de Washington para que busque una solución política al actual impasse.
En circunstancias de normalidad social y política, que no es el caso de la actual realidad haitiana, el llamado a una segunda ronda debería contribuir notablemente a ese objetivo.
Pero en un país como Haití, en un compás de espera de casi dos meses, cualquier cosa puede suceder.
Esto obliga a Préval a maniobrar con mucho tacto para llegar a la segunda ronda con una situación de aceptable estabilidad que permita concluir el proceso electoral sin nuevos traumas para dar paso el traspaso de mando al candidato presidencial que sea proclamado ganador.
Se trata de una tarea difícil por una serie de factores.
La presencia del exdictador Jean Claude Duvalier y el eventual retorno del derrocado presidente Jean Bertrand Aristide, que pese a su destierro en Sudáfrica goza todavía de popularidad entre la inmensa población de pobres en Haití, han venido a perturban todavía más los acuciantes problemas postelectorales.
A pesar de este inquietante panorama político, agravado por las penurias y la desolación de los efectos del terremoto y de la epidemia de cólera, es de esperar que Haití y su sufrido pueblo puedan encontrar un mejor destino.
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