El problema de los ruidos que contaminan el ambiente y enloquecen a muchas personas no se limita ya a los entornos de los llamados colmadones, en barriadas y zonas de la periferia de Santo Domingo.
La contaminación sónica se ha convertido también en un serio trastorno del cual no escapa prácticamente ya ningún sector residencial del área metropolitana.
Discotecas y otros centros nocturnos que tienen pianos-bar en lugares abiertos, con música sumamente estridente, se han convertido en un serio dolor de cabeza para muchas familias.
Después de una agotadora jornada de trabajo, la noche se convierte para ellas en un torbellino porque no pueden descansar ni conciliar un sueño que resulte verdaderamente reparador.
Estos negocios que contaminan con ruidos y que irrespetan el derecho de la gente a gozar de tranquilidad en sus hogares tienen que ser sometidos al orden y al rigor de las leyes.
Las normas que existen, por cierto muy precisas en cuanto a las mediciones de los niveles de sonidos permitidos o tolerables, no pueden ser letra muerta.
Tienen que ser aplicadas con drasticidad y sin las clásicas exclusiones determinadas por influencias que se mueven para perpetuar males y encubrir a sus principales actores.
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