El cuadro general en la vida haitiana es de grandes penurias, carencias y desolación, a un año del terremoto que causó la muerte de 222,570 personas y cuantiosos daños materiales en gran parte de su infraestructura.
La ayuda global de la comunidad internacional, que tantas alentadoras expectativas despertó a raíz de la tragedia con promesas y anuncios, ha sido escasa y llegado a cuentagotas, lo que ha impedido cubrir necesidades tan elementales como viviendas provisionales.
Miles de damnificados del sismo viven todavía precariamente bajo carpas, virtualmente a la intemperie y con deficientes sistemas sanitarios, un factor que ha facilitado la expansión de una epidemia de cólera que ha dejado hasta ahora un balance de 3,759 víctimas.
A esta situación se ha unido una turbulencia social por la frustración generada por las pasadas elecciones presidenciales y el ambiente de incertidumbre que prevalece con vista a una segunda vuelta electoral que pueda despejar el panorama político.
Si la prometida asistencia internacional ha sido insuficiente para cubrir necesidades elementales, el proyectado plan de reconstrucción nacional para restaurar las fuentes productivas y sentar las bases de un desarrollo sostenido ha resultado un gran fiasco.
El cuadro es sumamente dramático: 800,000 personas malviven aun en 1,150 campamentos, los desplazados ascienden a 1.5 millones y los daños materiales todavía pendientes de solución se elevan a 6,000 millones de euros, mientras se está a la espera de 4,000 millones prometidos por 60 países.
Todo esto constituye un caldo de cultivo para un caos generalizado si en breve plazo no se produce un cambio radical que elimine la actual inacción, indiferencia e irresponsabilidad para ir en auxilio efectivo de Haití y de su sufrido pueblo e impulsar una asistencia a gran escala, como demanda la crisis actual.
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