La natividad del Señor, que se celebra mañana en el mundo cristiano, es una ocasión propicia para reafirmar los lazos afectivos familiares y de amistad.
También para prodigar amor y solidaridad, dos elementos fundamentales que la humanidad necesita fortalecer para una convivencia armónica que nos aleje de conflictos y enconos.
La cena de Nochebuena, preludio de esta significativa celebración, es un bella y emotiva tradición y un excelente escenario para que las familias renueven sus vínculos sentimentales.
En vista de que con el tiempo el período navideño se ha convertido cada vez más en una festividad influida por el goce y los atractivos materiales, siempre se impone un llamado a la moderación para evitar excesos peligrosos.
Se puede compartir con parientes y amigos sin llegar a un estado de embriaguez en que, perdido el control y los reflejos, la conducción de un vehículo pueda ser un instrumento mortal.
Celebremos estas festividades con entusiasmo, pero con una dosis básica de equilibrio, donde también haya espacio para la reflexión y la espiritualidad.
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