Ninguna protesta, aunque tenga motivos justificados, puede admitirse cuando recurre a la violencia y el vandalismo, porque esto equivaldría a legitimar la barbarie como mecanismo de interacción social.
Por tal razón hay que condenar, con la severidad que el caso amerita, el hecho de que airados residentes de Santiago arrancaran los contadores de sus viviendas, ante los altos cobros que recibían en la facturación de electricidad.
Si contaban con motivos y argumentos válidos, debieron agotar todos los procedimientos civilizados para hacer valer sus quejas, antes de desprender los medidores, para lo cual tuvieron que violentar sellos de seguridad.
Independientemente de la justificación que arguyen para estar indignados por cobros que consideran injustos y excesivos, debieron medir la gravedad e implicaciones de su violenta actitud.
Si ante cualquier queja o enojo se permite que la gente destruya propiedades y se tome la ley en sus manos, se estarán sentando precedentes muy trastornadores contra la coexistencia armónica en sociedad.
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