Es sumamente preocupante que en el país se hable en ocasiones del sicariato con una tácita naturalidad, como si se tratara de una modalidad más de la delincuencia, sin advertir al parecer la gravedad que entraña por sus características horrendas y despiadadas.
Si bien comenzó y tiene aun mayor rango en los ajustes de cuentas relacionados con el narcotráfico, el perfil de una serie de crímenes cometidos en los últimos tiempos indica claramente que se ha extendido a dirimir de forma sangrienta conflictos personales y de intereses.
Son pistoleros con gran destreza y precisión en el manejo de las armas, que actúan por encargo y de manera implacable contra las víctimas señaladas, como ha quedado demostrado con hechos recientes.
Hay evidencias de que, además de dominicanos, posiblemente exmilitares y policías, las bandas de sicarios están integradas por colombianos expertos en este tipo de modalidad criminal que han logrado establecerse en el país.
Esto lleva nuevamente a meditar sobre una debilidad institucional que permite a cualquier extranjero, no importa su nacionalidad y sus antecedentes, radicarse en el país y andar por la libre, sin que ninguna autoridad se preocupe de darle seguimiento.
Sólo cuando se produce un hecho descomunal como la matanza de Paya, se inicia algún tipo de pesquisa. Con esta negligente actitud será difícil combatir a los sicarios y a sus secuaces.
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