Ante la negligente actitud de la comunidad internacional frente al desgarrador drama que vive Haití, el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, se ha visto compelido a formular un urgente llamado en favor de su sufrida población.
Este nuevo pedido no hubiera sido necesario si esa comunidad, tan atenta a usar el tema haitiano como estandarte de una supuesta sensibilidad social, cumpliera con sus promesas de donaciones, que apenas han alcanzado un 20 por ciento.
La asistencia fue prometida a raíz de que Haití fuera devastado por el terremoto del 12 de enero y, transcurridos 10 meses, reviste mayor urgencia por la epidemia de cólera que ha causado la muerte a 1,800 personas y que prácticamente está fuera de control por un alto nivel de hacinamiento e insalubridad.
El llamamiento es tan dramático como la situación que padecen los haitianos, porque como advierte Ban Ki-moon, la crisis no será de corto plazo y requerirá más de los 164 millones de dólares originalmente previstos para asistencia humana y la reconstrucción de la infraestructura de Haití.
Si esa ayuda no llega a concretizarse en la medida requerida y los padecimientos siguen profundizándose, Haití no podrá emprender ese crucial proceso y carecerá de futuro sostenible, pues 1.3 millones de haitianos se encuentran todavía sumidos en un estado de total desamparo.
Ese panorama se ha visto agravado por el clima de indefinición y turbulencia que se ha producido tras la celebración de comicios para escoger al sucesor del presidente René Préval, cuya mayor tarea sería emprender la retardada reconstrucción.
La República Dominicana ha sido solidaria con el pueblo haitiano, pero no puede asumir sola la asistencia que se requiere, entre otros factores, porque aquí un segmento apreciable de la población dominicana vive bajo serias limitaciones materiales.
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