La libertad de palabra y el debate plural de las ideas constituyen los más formidables instrumentos para la defensa de la democracia y de todas las prerrogativas que disfrutan los ciudadanos en los países adscritos fielmente a ese sistema de gobierno.
De ahí el motivo por el cual las dictaduras y los regímenes autoritarios se empeñan en utilizar maquinarias de opresión para conculcar la libre expresión y difusión del pensamiento y coartar el ejercicio serio e independiente del periodismo.
En la medida que se tenga bien en claro estos peligros y sus variables, el pueblo amante de la libertad puede estar alerta para evitar dar su respaldo o permanecer indiferente frente a iniciativas que puedan afectar el estado de derecho.
Esta advertencia es a propósito de la fórmula que se ha buscado, a través de la instancia judicial, para prohibir la circulación del libro de Angelita Trujillo, la hija del tirano Rafael Leonidas Trujillo, e imponer sanciones a las librerías que violen tan arbitraria disposición.
Contrario a lo que podría interpretarse erróneamente, lo que está en juego con esta medida y el debate que ha suscitado no es una cuestión de trujillismo o de antitrujillismo, sino el peligro de que se siente un precedente en contra de la libertad de expresión.
Las ideas se combaten con ideas y la democracia no es compatible con la intolerancia y la vulneración de las libertades fundamentales. Eso no significa que como sociedad permanezcamos impasibles o incapaces de reaccionar frente a cualquier intento de reivindicar al trujillismo u otro ominoso episodio de nuestra historia.
El conocimiento preciso de las atrocidades de esa tiranía son los medios idóneos para que las nuevas generaciones no se dejen confundir acerca del doloroso período que representó la llamada Era de Trujillo.
Un orientador museo sobre esa época de horror podría mostrar las torturas de La 40, el asesinato de las hermanas Mirabal y de todos los valientes héroes que lucharon contra la dictadura.
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