El desayuno escolar es esencial en la agenda nacional, tanto que ya motorizó una declaración del Presidente de la República, Leonel Fernández, quien, siempre cauto, confirmó informes oficiosos en el sentido de que los organismos de seguridad del Estado están informados de que hay manipulación maliciosa orientada a dañar los insumos básicos del suministro.
El gobierno tiene en sus manos un grave problema que no puede quedar sepultado, porque rebrotará. Aplicar la fórmula de que un mal tapa otro mal, al margen de su naturaleza perversa, sólo lo agravaría. La presencia de una enfermedad como el cólera en Haití obliga y acelera necesariamente a una revisión total del manejo del desayuno.
El escándalo ahora no es sólo que los productos servidos pueden estar contaminados. Sino que también es resultado de una acción malvada, premeditada. Si es así, el Estado mismo está siendo retado brutalmente. No sería raro en un país donde se cometen tantos delitos y no pasa nada.
Peor aún, que ante tanta barbaridad, las autoridades primero dejan pasar la bola. Luego tratan de seguir el curso de la bola.
Pueden ver quiénes la tienen, y vacilan para recuperarla. Al final, cuando la sensación de ausencia de autoridad se extiende y llega al límite, entonces “interviene” el principal ejecutivo para confirmar lo que saben todos los vecinos.
Es una tragicomedia que ni siquiera alarma. Es parte de un conglomerado que revela un débil predominio del principio de autoridad, que se asemeja demasiado al desgobierno. Por inercia, ineptitud, falta de carácter y voluntad.
¡Basta del predominio del discurso y la inacción! El país demanda energía, firmeza y transparencia para perseguir toda clase de delitos, especialmente cuando se trata de daños premeditados contra la población infantil por intereses espurios.
Con el cólera en la frontera, las preocupaciones de este lado de la isla son obvias. Y si vemos los inconvenientes vinculados al desayuno escolar, la alarma tiene que ser general.
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