La criminalidad en este país toma cada vez un carácter de abierto desafío a la ley y la autoridad para adquirir los perfiles propios de las acciones gangsteriles.
La forma en que fueron acribillados dos testigos clave contra acusados de narcotráfico, a la salida de un tribunal de Higüey parece una escena extraída de la serie de televisión Los Intocables, que recrea los años de mayor auge de la mafia en Chicago.
Al estilo de los hampones de esa época, aquí son asesinados prevenidos y personas que pueden ofrecer información vital para llegar hasta los cerebros de las operaciones del narcotráfico, el crimen organizado y sus redes conexas.
Lo más grave de esa situación es que en la mayoría de los casos las investigaciones se quedan inconclusas, sin llegar hasta los centros donde se generan estas infamias y desde los cuales se dictan las sentencias de muerte a quienes pueden ofrecer evidencias y datos incriminatorios.
Al igual que en la crucial lucha contra los gangsters en Estados Unidos, aquí el combate es harto difícil por las complicidades y el proteccionismo que el crimen consigue a través de un sistema de corrupción que fomenta su gran poder económico.
También nos hace falta un Eliot Ness que, además de valentía personal, tenga la entereza de rechazar tentaciones y sobornos.
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