Si en algo ha tenido coherencia, aunque con fines grotescos y desafortunados, el régimen golpista del presidente Roberto Micheletti, ha sido en su sistemática violación a la libertad y los derechos fundamentales de los hondureños.
Además de las agresiones físicas a los ciudadanos que se oponen a la usurpación del poder y a su mandato de facto, que deberá terminar en algún momento, Micheletti ha dado muestras de su visión autoritaria y retardataria, al cerrar los medios de comunicación que no le hacen el juego.
Estas medidas son propias de las dictaduras y de los mandatarios que, aunque hayan llegado a gobernar por procesos democráticos, quieren un control total de la información para manipularla a su antojo y silenciar las voces críticas e independientes.
Así actúan estos canallas que, en nombre de causas pretendidamente patrióticas, pero que no son otra cosa que ambiciones infames, recurren al asalto del poder porque carecen de credibilidad para obtenerlo legítimamente mediante el voto popular.
El regreso a Tegucigalpa del depuesto presidente Manuel Zelaya, ahora refugiado en la embajada de Brasil, desde la cual ha arengado a sus partidarios, plantea otro drama delicado dentro de los capítulos trastornadores que ha vivido el pueblo hondureño en los últimos meses.
Aunque en términos legales y constitucionales es legítimo el reclamo de reinstalar a Zelaya y desalojar a los golpistas, es innegable que existe una situación en extremo delicada, ya que Micheletti y quienes le respaldan no están dispuestos a abandonar voluntariamente el poder y las perspectivas apuntan ahora a enfrentamientos que podrían degenerar en un gran baño de sangre.
Esto es lo más preocupante y lo que hay que evitar a toda costa porque un pueblo privado de su libertad, que ha padecido violaciones a los derechos humanos, no debería ser expuesto a nuevos sobresaltos y calamidades.
La comunidad internacional debe aumentar sus esfuerzos para garantizar que el pueblo hondureño pueda volver a vivir en democracia y con la libertad que hoy le niegan Micheletti y sus secuaces.
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