En cualquier tipo de diferendo, sea en materia política, comercial o diplomática, siempre debe imponerse el diálogo razonable para buscar salidas en un ambiente pacífico, pero nunca bajo un predicamento de presiones o amenazas.
Por esa razón resulta inaceptable el lenguaje atrevido y destemplado que acaba de utilizar la ministra de Comercio Exterior de Costa Rica, Anabel González, en su reclamo de que la República Dominicana cumpla, según su particular óptica, con el tratado de libre comercio suscrito con Centroamérica.
Los países de la región tienen derecho a exponer sus argumentos con respecto a ese convenio e incluso llevar el caso ante la Organización Mundial de Comercio, pero no a formular una amenaza de que eso se logrará “por las buenas o por las malas”.
Dicho esto, hay que reconocer también que las autoridades dominicanas han fallado al dar largas a la discusión directa de este crucial asunto, mientras se proyecta ya a nivel internacional por la imposición de aranceles de entre 30 y 40 por ciento a decenas de productos procedentes de Centroamérica.
Las razones y argumentaciones de ambas partes deben debatirse por la vía diplomática, sin que la competencia comercial ponga en peligro las relaciones entre naciones amigas.
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