En lugar de envanecerse por haber recibido el Premio Nobel de Literatura, el escritor peruano Mario Vargas Llosa ha dado un ejemplo de humildad y de que su personalidad accesible y afable no cambiará, aun con el más importante galardón de las letras universales.
Esto es particularmente significativo en un mundo donde algunos intelectuales y literatos --y no precisamente de la talla del autor de “La fiesta del chivo”, se tornan arrogantes, odiosos y distantes del mundo común y corriente, al que desdeñan, como si sus vidas estuvieran por encima del bien y del mal.
En lugar de dejarse arrastrar por la euforia provocada por la alta distinción, un día después del anuncio hecho por la Academia Sueca, Vargas Llosa buscaba el anonimato y la vuelta a la calma en la jungla de Nueva York, como describe un reportaje publicado por el periódico El País.
Sus palabras de que esa urbe es una gran ciudad para “recuperar la modestia” y que lo más importante en su vida no es el Nobel, sino su familia, nos retratan a un Vargas Llosa humano y, sobre todo, sensible y refractario al dañino endiosamiento.
Reglas claras
Para que sean provechosas y no den lugar a dudas, malentendidos o distorsiones, los acuerdos y relaciones entre el Gobierno y los sectores empresariales y productivos del país deben ser transparentes y honrados en cada caso por los compromisarios.
De esta forma se evitarán situaciones enojosas e inexplicables como las acontecidas con la modificación de la Ley General 479-08 sobre Sociedades Comerciales y Empresas Individuales de Responsabilidad, que se ha quedado en el limbo y con contradictorias declaraciones del Consejo Nacional de Competividad.
Todo esto, a pesar de que el empresariado creía que existía pleno consenso con las agencias estatales, cuando el presidente Leonel Fernández remitió al Congreso la propuesta de enmienda.
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