La democracia ecuatoriana logró imponerse anoche a uno de los episodios más difíciles de su historia moderna, lo que permitió reafirmar el derecho de su pueblo a vivir en libertad y sin el peligro de una desestabilización institucional.
Luego de un día de angustia e incertidumbre por la sublevación de policías que mantenían secuestrado al presidente Rafael Correa, el rescate del gobernante por unidades élites del Ejército hizo que la calma retornara a los hogares ecuatorianos.
En medio de la repentina crisis social y política que Ecuador vivió las últimas horas, sobresalió como un aspecto trascendente el amplio repudio que se manifestó a nivel continental ante cualquier intento de alterar la institucionalidad democrática en esa nación.
La Organización de Estados Americanos (OEA) se adelantó rápidamente a formular un llamado para que la fuerza pública evitara sumergir a Ecuador en un estado de inestabilidad política, mientras el presidente Rafael Correa recibía mensajes de apoyo de muchos gobernantes latinoamericanos.
Aunque a lo interno de Ecuador en principio algunos sectores trataron de reducir lo sucedido a una rebelión de policías incómodos por recortes de algunos incentivos, el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, y el propio Correa consideraron en todo momento que existía un trasfondo conspirativo.
Estos inquietantes hechos hicieron recordar los dolorosos episodios que perturbaron al pueblo de Honduras tras el golpe militar que depuso el gobierno del presidente Manuel Zelaya.
El presidente Correa deberá ahora maniobrar con mucho tacto, cordura e inteligencia para mantener, bajo el imperio de la ley y de la justicia, una coexistencia equilibrada con las fuerzas opositoras y sectores descontentos por algunas de sus ejecutorias.
El mensaje de lo acontecido en Ecuador es claro y contundente: los latinoamericanos quieren vivir en paz y democracia, sin el fantasma de las asonadas militares.
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