Aunque indiscutiblemente la mujer ha alcanzado en los últimos años avances apreciables en la defensa de sus derechos, es innegable que aún es objeto de marginalidad y de abusos, incluso de parte de sus compañeros de hogar que están llamados a ser sus principales protectores.
Las cifras acerca de los feminicidios asustan a cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y estremece el espíritu saber que muchas de las víctimas pudieron haber sobrevivido si no les hubieran informado su caso a una autoridad indolente e irresponsable.
En efecto, son incontables los casos en que, luego de una tragedia, amigos y parientes relatan las veces en que una mujer asesinada por su pareja había denunciado maltratos y amenazas sin ser escuchada ni recibido protección.
Hay otras situaciones mucho más extremas y penosas de mujeres que, por temor a que sus malvados maridos tomaran represalias contra ellas y sus hijos, padecen calladamente las agresiones que culminan, casi siempre, en hechos sangrientos.
Los registros estadísticos sobre los feminicidios en la provincia de Santo Domingo son una muestra del desprecio por la vida humana y un dramático signo de cómo la mujer es desconsiderada y reducida a un simple objeto en el propio seno familiar.
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