Parecería necesario, hasta por profilaxis mental, que por un tiempo se hablara menos del tema de la incidencia delictiva y criminal, así como de la violencia en general.
Pero dada la situación presente, sería como ignorar una cruda realidad e incurrir en un grave acto de irresponsabilidad ciudadana.
Estamos en medio de una vorágine que no parece tener término, ya que los hechos sangrientos se están sucediendo con una frecuencia inquietante.
A pesar de que en ocasiones las autoridades se empeñan en no admitir la gravedad de estos acontecimientos, lo cierto es que no se trata de simples percepciones, como se aduce a veces para restar significación a las inquietudes en la opinión pública.
Los ejemplos están a la vista de todos y se suceden cotidianamente. En el Cibao, la cantidad de menores involucrados en hechos delictivos, en su mayoría atracos, violaciones sexuales, drogas y muertes comienzan a desbordar la capacidad de respuesta de las autoridades de la región.
Justo es reconocer que en gran medida esto no se debe a dejadez o ineficiencia, sino a una descomposición social que tiene su génesis en la familia, ya que la gran mayoría de los adolescentes y jóvenes descarriados provienen de hogares inestables o en crisis.
Otro dato preocupante es que en el primer mes de la gestión del jefe de la Policía, mayor general José Polanco Gómez, se han producido 81 homicidios, muchos de ellos en demarcaciones de la capital y la provincia San Cristóbal.
La cifra aumentó a 84 porque en el pasado fin de semana hubo otras tres muertes violentas, en un hecho de circunstancias contradictorias, pues mientras la Policía sostiene que los jóvenes enfrentaron a los agentes, familiares de las víctimas afirman que se trató de una ejecución.
Sin embargo, es de esperar que el general Polanco Gómez podrá sobreponerse a este inquietante panorama, ya que desde el inicio de su gestión ha dado muestras de su interés de no dejarse doblegar por la violencia criminal.
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