La inmigración haitiana, que por décadas ha estado en crecimiento sin regulaciones ni controles efectivos, es un problema cuya magnitud y repercusiones no son suficientemente conocidas, a pesar de que el tema es objeto de frecuentes debates en el país.
Uno de los inconvenientes para una apreciación, aunque sea tan sólo aproximada, es que no se disponen de estadísticas precisas y confiables, especialmente sobre la cantidad de haitianos indocumentados.
Por años se ha hablado de que en el país viven más de millón y medio de haitianos, pero la masiva presencia en algunos lugares, en forma de guetos o comunidades, da la impresión de que esa cifra es mucho mayor y que está en constante aumento.
Por ejemplo, el director general de Migración, vicealmirante Sigfrido Pared Pérez, admite que la inmigración de ilegales tuvo un notable incremento a raíz del terremoto que devastó Haití el 12 de enero pasado, aunque no se dispone de una precisión numérica.
Otra de las dificultades para disponer de un diagnóstico más acabado y tomar medidas efectivas de control es que el tema se ve frecuentemente mediatizado por el predicamento de entidades que, dentro y fuera del país, se dedican a desacreditar el tratamiento que los haitianos reciben en la República Dominicana.
Algunos entienden que, sin restar validez a la defensa de los haitianos, sobre todo en cuanto los derechos humanos, el verdadero objetivo de esta campaña es aplicar una especie de chantaje para que el país no establezca control migratorio a los haitianos.
Por esa y otras razones, monseñor Agripino Núñez Collado, los ex cancilleres Joaquín Ricardo y Hugo Tolentino Dipp, el diputado Pelegrín Castillo y otras personalidades abogan por el establecimiento de reglas claras en la política migratoria.
La Constitución y las leyes adjetivas facultan al Estado dominicano a tomar medidas en este vital campo, sin estar sujetas a ningún poder o influencia foránea, y como parte de su independencia y derecho soberano.
Con los hermanos haitianos debemos coexistir con respeto, dignidad, espíritu solidario y sin prejuicios, pero sin renunciar a nuestros derechos como nación.
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