Alas 6:00 de la mañana de este martes una patrulla de la Policía “registraba” vehículos en la avenida de Los Próceres, casi esquina Fontainebleau, en el Distrito Nacional. Aproximadamente media hora después, un médico fue abatido a tiros a menos de dos kilómetros del sitio donde los agentes policiales mandaban a detener a los conductores para preguntar si llevaban armas y pedir “ayudas”, después de una “larga noche” de patrullaje. La escena es usual en una ciudad segura, tal y como la pinta el jefe de la Policía, mayor general Guillermo Guzmán Fermín.
En su discurso ante la Cámara Americana de Comercio el pasado 28 de julio, el jefe policial dijo: La inseguridad ciudadana, la criminalidad y la delincuencia en el país son cosas del pasado. Y lo adjetivaba de la siguiente manera: “Recordemos que hace tres y cuatro años los restaurantes ya a las 12:30 de la noche estaban cerrados. ¿O no recordamos eso? Ya en la Lincoln no era posible estar en las noches porque había inseguridad ciudadana, hoy en día ya eso es cosa del pasado”.
Es muy obvio que el jefe de la Policía está en una labor de relaciones públicas. Defiende su imagen y la institución a su cargo, lo que es muy comprensible, pero la realidad es otra.
El asesinato del médico Sergio Rafael Rojas Soriano, mientras se ejercitaba en la zona perimetral del Jardín Botánico Nacional, obliga a muchos a preguntarse una cosa tan evidente: ¿Es verdad que estamos seguros, aún sea a unas pocas cuadras de la avenida Abraham Lincoln? Según algunos iluminados, definitivamente sí.
Pero muchos se sienten inseguros, y muy pocos se atreven a salir a cualquier hora a las calles de las ciudades. Aún en comunidades muy apartadas, la gente se siente atemorizada y es que, pese a todo discurso, la seguridad sigue siendo una aspiración de todos, a veces, una ansiosa búsqueda llena de desesperanza. Entra en el conjunto de expectativas humanas, nada extraordinario, las que con justa razón una buena parte de los dominicanos, sin ningún ánimo de molestar el espíritu de terceros, desearía alcanzar.
Todos queremos un país tranquilo, seguro, en el que el más simple o el más importante de los ciudadanos no requiera de uno o diez gendarmes para pasearse por las calles, o sentarse en un parque, por lo menos durante el día, en paz.
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