Los habitantes de la subregión Enriquillo están contentos por el inicio de los trabajos para la construcción de la presa de Monte Grande. La gente del valle de Neiba sufre las riadas del río Yaque del Sur y también se beneficia de sus aguas, pero muy pocas personas piensan cómo se producen esas aguas, sin las cuales la vida sería extremadamente difícil en esa zona. Pocos saben que una parte viene de la misma sierra de Neiba y el grueso de la Cordillera Central. ¿Qué hacen los sureños por esas cuencas? Muy poco, por no decir nada.
Ahora que el Estado ha decidido construir la presa, deberían pensar en cómo ayudar a mantener el recurso que prodiga el Yaque del Sur, que si bien es un regalo de Dios y la Naturaleza, su conservación amerita una labor dirigida y sistemática de protección y mantenimiento. En ese esfuerzo apuesta la Fundación Sur Futuro, bajo la inspiración y dirección de Doña Melba Segura de Grullón. Los sureños deben poner la vista hacia arriba y ayudar en esa tarea.
Una buena manera de saber cómo hacerlo sería conocer la historia de La Sierra, en San José de las Matas, y demás vecindades de la Cordillera Central. La Sierra forma parte de los 9,824 km2 de la Cordillera Central, donde están las siete cuencas hidrográficas principales de la Isla, con 306 ríos y arroyos que generan más del 70% de las aguas.
Una región de la República que hoy se identifica como “Madre de las Aguas”, que sin embargo a finales de la década de los 70 era una zona muy deprimida, con el 90% deforestada y el 70% de sus suelos gravemente erosionados. Y el 43% de los 115 mil pobladores vivían en estado de pobreza crítica. Ese grado de deterioro inquietó a los actores más dinámicos de Santiago, y en un esfuerzo mancomunado con el Gobierno a través de la secretaría de Agricultura, surgió un plan para recuperar la zona, que fue bautizado como Plan Sierra, en 1979. Las noticias que llegan sobre el Plan Sierra deberían ser un estímulo para que los sureños valoren la importancia de cuidar las cuencas del Yaque del Sur.
Para ello se necesita un compromiso de los actores sociales y el sector público, pero sobre todo, la comprensión de que las aguas no vienen únicamente del cielo, sino de la madre tierra, de las cordilleras, las cuales deben ser cuidadas y protegidas como la vida misma.
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