El país recibió este lunes una nueva edificación. Un obra física que aloja una expresión de lo que es el desarrollo dominicano, un certificado más de lo que ha sido una apuesta al servicio público, a la inversión creadora para forjar un sentido nuevo de los recursos humanos que requiere la Nación de estos tiempos.
Se trata del Edificio de Postgrado del Recinto Santo Tomás de Aquino de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), quizás la expresión más acabada de lo que ha sido un ejemplo de gestión académica y administrativa. Una institución que surgió como un pequeño óvulo en el Santiago de 1962, cuarenta y ocho años después, esa institución, auspiciada por la Conferencia del Episcopado Dominicano, se ha convertido en una incubadora de progreso.
Para ello ha sido necesaria una calidad de gestión, un liderazgo, un equipo dedicado a servir sin descanso, con un fuerte apoyo de la sociedad en sus más calificadas expresiones. Nada ha sido fortuito. La academia cumplió con creces sus metas. Tenía que trascender. Su excelencia académica no podía reducirse a una región del país. Creció en volumen, y en la misma medida la calidad de la docencia y la investigación.
Nuevas carreras se abrieron y vino la extensión al gran Santo Domingo. Cien carreras con todos los recursos tecnológicos quedaron en servicio. Al mismo tiempo, la PUCMM estableció alianzas académicas para titular profesionales de manera conjunta con universidades de Europa, Estados Unidos y América Latina.
Ese desempeño le ha valido el reconocimiento de la propia Iglesia Católica que la aupó. En 1987 Su Santidad Juan Pablo II la reconoció como “Universidad Católica y Pontificia”. Nuevos reconocimientos vendrían después.
Cuando la PUCMM anuncia la inauguración de un “edificio inteligente” para postgrado en las facultades de Ciencias Sociales y Administrativas, Ciencias y Humanidades, Ciencias de las Ingenierías y Ciencias de la Salud, a un costo de 932 millones de pesos, lo que hace simplemente es replicar de manera material lo que ha sido su obra espiritual y humana, con un fuerte liderazgo académico, acompañado también de un sostenido liderazgo de servicio público, en obra social, en fortalecimiento de la justicia, gobernabilidad, institucionalidad, en pocas palabras, paz ciudadana.
Hablamos de una verdadera incubadora de progreso social. Decir todo eso sin mencionar a monseñor Agripino Núñez Collado, al equipo que lo ha acompañado en todas las etapas y a todo el liderazgo de la Iglesia Católica, no tiene, sinceramente, ningún sentido.
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