El sicariato, esa monstruosa modalidad del crimen organizado que utiliza pistoleros a sueldo para matar por encargo y hacer ajustes de cuentas, está en peligrosa expansión en el país, aunque algunas autoridades no quieren admitir una realidad que golpea a diario a la sociedad dominicana.
Aunque en la mayoría de los casos esos matones son pagados por el narcotráfico para tomar venganza e imponer letales sentencias de silencio, también son usados por sujetos que no logran expiar las frustraciones en que los han sumido sus propios extravíos.
Hacia esta última dirección parece apuntar el caso del atentado de que fue objeto el pasado 2 de junio el abogado y comentarista de televisión Jordi Veras, a juzgar por ciertos datos y antecedentes que han trascendido.
El padre de Jordi, el reputado jurista Negro Veras, ha dicho que su familia tiene sus propias ideas de dónde provino el atentado, pero que prefiere esperar las conclusiones de las investigaciones que realizan las autoridades.
En este sentido ha dejado bien en claro que bajo ninguna circunstancia aceptará resultados que no conduzcan, con precisión y contundencia a los reales autores materiales y a quienes planificaron la salvaje agresión.
Las frecuentes acciones de estos sicarios no solo causan tragedia y dolor a las familias de los afectados. Las noticias acerca de sus tropelías también aumentan el sentimiento de temor e inseguridad en una sociedad que contempla, con perplejidad, cómo proliferan los hechos criminales.
La situación es tan preocupante que el cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, la Fundación Institucionalidad y Justicia (Finjus), la Asociación Nacional de Jóvenes Empresarios (Anje) y la Iglesia evangélica han reclamado la adopción de acciones urgentes para poner freno al auge del sicariato.
Mientras haya la posibilidad de impunidad, por connivencia o protección de algunas autoridades o debilidades institucionales, como actitudes blandengues en los tribunales, resultará muy difícil dar una contundente respuesta al avance del crimen organizado.
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