La Fundación Institucionalidad y Justicia (Finjus) acaba de ofrecer una gran contribución en la lucha por la democracia plena y en contra de los enemigos de la libertad con una opinión jurídica contundente, precisa y esclarecedora.
Un documento emitido ayer por esa entidad, a propósito del intento de limitar la difusión de informaciones a un pretendido requisito de veracidad, es una pieza digna de ser leída con detenimiento y divulgada con gran amplitud.
Luego de un magistral análisis que incluye consideraciones de la Convención Americana de Derechos Humanos, Finjus concluye que este condicionamiento para buscar o difundir una información constituye “una forma de censura previa que no debe ser permitida en un estado social y democrático de derecho”.
Esa convención, a cuya jurisprudencia está sometido el Estado dominicano, ha establecido claramente que tal requisito es inadmisible, pues estaría supuestamente destinado a eliminar las informaciones que serían falsas “a criterio del censor”.
Ahí reside el principal peligro a que se expone la libertad de expresión y difusión del pensamiento si se permitiera que esa odiosa figura resurgiera, remedando funestos episodios de superadas épocas de dictadura y autoritarismo.
¿Bajo qué criterios se establecería entonces, de forma fehaciente y no acomodaticia, cuándo estaríamos en presencia de una información realmente veraz? Es obvio que este término sería aplicado arbitrariamente a cualquier noticia o información que no complaciera la visión o los intereses provenientes del estamento oficial.
El argumento en defensa de la honra como justificación para imponer este mecanismo es igualmente inaceptable, ya que en la actual legislación, quien resulte agraviado por una información no veraz o que afecte la moral o dignidad puede ejercer el derecho a la rectificación.
Otra preocupación de Finjus, que es compartida por periodistas, medios y diferentes sectores de opinión pública, es el surgimiento de iniciativas legislativas que pretenden limitar el acceso a la información pública.
Aunque luego de una rápida y amplia reacción de rechazo parece que el peligro ha pasado, lo aconsejable es no bajar la guardia, porque el precio de la libertad es la eterna vigilancia.
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