Aunque este aserto pueda molestar a algunos funcionarios, lo cierto es que en el país no existe una verdadera política de ahorro de energía.
La realidad así lo demuestra, por encima de lo que se pueda decir o argumentar desde el ámbito oficial y también desde el privado, donde los programas para economizar energía han sido esencialmente coyunturales.
Sólo en medio de grandes crisis por los altos precios del petróleo, como la que vivió el mundo en el 2008, con un barril del crudo a 147 dólares, en el país se tomaron algunas medidas para ahorrar combustibles que luego fueron descontinuadas.
En esa ocasión se desplegó un programa para incentivar el uso de bombillas domésticas de bajo consumo, mientras en las dependencias de administración pública se hacía otro tanto, además de controlar el consumo y gasto en combustible.
La realidad es que muchas de éstas y otras iniciativas cayeron en el olvido, tan pronto el precio del petróleo se estabilizó, como ahora que ronda los 70 dólares el barril en el mercado internacional.
¿Necesitaremos entonces que surja otra gran crisis, con altas cotizaciones petroleras, para que podamos retomar y no solo desde el Gobierno, la aplicación de disposiciones para hacer un uso prudente y racional de los combustibles?
¿Cuándo nos abocaremos a diseñar y aplicar, de forma seria y continuada, una auténtica política de ahorro de energía, con la participación y compromiso conjunto del sector oficial y representantes del comercio, la industria y el empresariado en general?
Mientras no apliquemos esa vital pauta, será muy difícil hacer que automovilistas y usuarios del sistema energético tomen debida conciencia para modificar sus hábitos de consumo e inclinarse por estilos de vida donde el ahorro sea algo más que una simple palabra.
Las campañas educativas en ese sentido tampoco surtirán los efectos deseados mientras tengamos un sistema eléctrico deficiente que obliga a buscar soluciones individuales con plantas, inversores y otros sistemas propios.
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