Ajuzgar por los libros publicados y por los temas que son objeto de amplia difusión y debate en los periódicos, Rafael Leonidas Trujillo y su sangrienta dictadura despiertan aun grandes emociones, una especie de contrapunto entre odio, condena, añoranza y enfermiza admiración.
Hay algunos que todavía tienen el atrevimiento –aunque con cierto cuidado y discreción– de hablar del orden y la seguridad que supuestamente existía durante la tiranía, lo cual constituye una ofensa a las víctimas de las torturas, los asesinatos y otras atrocidades cometidas por el déspota y sus sanguinarios secuaces.
Es innegable, sin embargo, que todo lo referente a la llamada Era de Trujillo y sus interminables y sórdidos episodios motivan cierta atracción morbosa, aun en aquellos que vivieron durante la dictadura o que han conocido de sus horrores a través de libros y de testimonios aportados por sobrevivientes de ese oscuro período de la vida nacional.
Las nuevas generaciones deben ser bien edificadas sobre el carácter aborrecible de esa dictadura para que jamás retorne un régimen que suprima la libertad y se apoye en el horror.
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