En momentos en que en otros destinos como Cuba se incrementa el flujo turístico, quizás la República Dominicana haría bien en reexaminar más a fondo sus estrategias actuales y futuras para vigorizar aun más la llamada industria sin chimeneas.
Siempre se ha dicho, aunque de ningún modo con la certeza de una verdad matemática, que una eventual apertura política en Cuba, especialmente en sus relaciones con Estados Unidos, provocará un incremento sustancial en el turismo que va a la isla y que esto afectaría a nuestro país.
Es probable que esto no opere necesariamente en la dimensión prevista, de llegar a producirse, ya que la estructura en que se basa el turismo en el país se ha diversificado y fortalecido mucho en los últimos años, por lo que no está tan sujeta a una variable como la citada.
Sin embargo, sería conveniente que como previsión se dé mayor carácter a la apertura de nuestro espacio aéreo, sin pago de impuestos a los “fly in” o vuelos de grupos organizados de aeronaves privadas provenientes de otros países.
Como está probado en el caso de Las Bahamas, esa novedosa modalidad se proyecta positivamente para la actividad turística y tiene subsecuentes ventajas, entre las que figuran la dinamización del sector inmobiliario.
Es un gran logro para el país en el aspecto económico, ya que, según estudios realizados en la región, en las travesías en conjunto de pequeños aviones, el turista que viaja con su propia aeronave tiene un consumo mínimo diario de cuatro mil dólares.
Pero además de tratarse de un nicho importante de visitantes de alto consumo y potenciales inversionistas, es una magnífica vía a través de la cual nos damos a conocer en cuanto a nuestros atractivos naturales, históricos y culturales.
Como se ve, estamos en presencia de una opción sumamente prometedora y de gran futuro, ya que en todo el Caribe hay unos 85,000 pilotos, más de la mitad de los cuales podrían ser conquistados para que vengan a conocernos junto a parientes y amigos.
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