Hace tres semanas este diario se ocupó de publicar, durante varios días, las acciones agresivas que un grupo de invasores de terrenos estaban ejecutando en perjuicio de un ciudadano distinguido de este país: el doctor Yien Tieh Hsieh.
Aunque en algún momento las autoridades del Ministerio de Medio Ambiente se interesaron por evitar que estos bandoleros destruyeran una finca modelo de bambú y frutales que este genetista levantó en terrenos cedidos por el gobierno en la margen del río Haina, en Quita Sueño, es evidente que no fueron lo suficientemente firmes porque en la tarde del domingo, los intrusos quemaron la propiedad.
Para lograr su propósito, estos insolentes llevaron neumáticos y gasolina, los colocaron en lugares desde los cuales el fuego se propagó con facilidad y consumaron su propósito de destruir esta finca modelo de conservación de aguadas a orillas del Haina.
Es inocultable que quienes ejecutaron el siniestro no respetan la propiedad, nada les importa la conservación de árboles ni de las aguas. Su interés es infundir temor a este científico originario de Taiwán, despojarlo de la tierra para ellos levantar casuchas y vender “solares”.
Es inaceptable que uno de los hombres que más ha aportado al desarrollo de la agricultura del país, principalmente en el fomento del cultivo de arroz, tenga que ver consumidos en el fuego sus esfuerzos de más de 40 años de servicio a la nación.
Es deber del gobierno investigar quiénes cometieron el crimen de incendiar esta finca y dar un ejemplo de sanción ejemplar, porque la impunidad no puede seguir imponiéndose como una regla.
Para acabar con los predios, los incendiarios hicieron un derroche sin igual de su capacidad de destruir, a tal punto que cables del tendido eléctrico y postes de conducción fueron consumidos por las llamas y ayer brigadas se dedicaban a reparar las instalaciones.
Solo quien se siente seguro de que no tendrá que acudir a un tribunal a responder por este tipo de acción criminal, se dedica por semanas a destruir una propiedad ajena en plena vía pública y a la luz del sol.
Si este hecho no se sanciona ejemplarmente, que Dios nos ampare, porque no es el primero, pero tampoco será el último.
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